Cuando una madre le canta a su hijo nada malo puede pasar. Todo está tranquilo. Todo va bien. La madre tiene a su hijo. El hijo a su madre. Lo demás es secundario.

Así es como debería ser. Pero las cosas no siempre son como deberían.

La semana pasada 14 personas perdieron la vida intentando llegar a la tierra prometida en una patera. Nueve niños y cinco adultos. No se sabe si dentro de esa barca se cantaron canciones de cuna. En realidad importa poco. Lo escalofriante, lo que sí sabemos, es que en esa patera murieron nueve niños. Que lo hicieron en los brazos de sus madres. Y que al final, por mero instinto de supervivencia, tuvieron que ser lanzados al mar.

Pobres niños. Sólos, en la negrura del mar. Perdidos para siempre. Pobres madres, incompletas ya para el resto de sus vidas.

Catorce personas. Sólo un número más entre los que pueblan los noticieros a la hora de comer. Catorce personas: media clase de un parvulario. Todo el departamento de administración de mi empresa. Todos los concursantes de Operación Triunfo. Un equipo de fútbol y tres reservas. Todo un campeonato de tenis. ¿A que ahora parecen más?

Qué mal lo debemos estar haciendo para que, en unos tiempos en los que sobra de todo haya seres humanos cuya mejor opción para salir adelante sea la de lanzarse al mar con toda su familia. Que les merezca la pena correr el riesgo. Desde ésta parte del mundo nunca entenderemos del todo la razón. Desde la perspectiva del que tiene de todo, es muy difícil ponerse en el pellejo del que no tiene nada. Si fuéramos capaces de hacerlo, seguramente llegaríamos a la conclusión de que en sus circunstancias, probablemente, nosotros haríamos LO MISMO.

Prácticamente al mismo tiempo que ocurria ésto y como si de una macabra broma se tratara, los 8 países más poderosos del mundo se reunían, entre otras cosas, para tratar el tema del hambre en el mundo. No llegaron a ninguna solución, y, para celebrarlo, se metieron entre pecho y espalda un menú compuesto por 19 platos.

Debería darles vergüenza. Y debería darnos vergüenza. Aunque nos guste pensar lo contrario, nosotros no somos mejores que nuestros dirigentes. ¿Es que todo nos da igual?

Miro a mi hijo. Hago el tonto y él se rie. Cada vez que lo hace, cada vez que sonríe, se abre un paréntesis. No importa lo mal que me haya ido el día en la oficina. Su sonrisa es terapéutica.

Entonces me doy cuenta del motivo de que éstas noticias pasen de puntillas por nuestras vidas. No nos dan igual. Ni mucho menos. Duelen de un modo atroz. Son demasiado terribles. Esas noticias espolean nuestros miedos como el viento aviva la llama, silbando sobre el ascua.

Ojalá nunca nos invada la tristeza infinita. Ojalá nunca tengamos que experimentar el dolor insoportable de la pérdida y de la carencia absoluta. Y lo más importante: Ojalá nadie tuviera que hacerlo.

'Nana', dirigido por José Javier Rodríguez Melcón, ganó el Goya al mejor cortometraje de ficcion en el año 2006.